Casi las once

Atrapar el tiempo, medirlo, gestionarlo a nuestro gusto y vida. Con relojes de oro, de plata, de diamantes, de mil maneras y mil precios. Siempre queremos tener el control, limitar los imprevistos, tener la vida atada y bien atada.

Los relojes no tienen prisa. A razón de segundo a segundo, inmóviles desde una muñeca, repisa, pared de estación o aeropuerto, nos observan con sus esferas de cristal. Pulidos monóculos de un ciclope con modales, cronometran con su pestañeos  las idas y venidas, las carreras y los dulces paseos desde los que nos contemplan.

Ellos no dicen cuando se entra a trabajar, tampoco cuando hay que comer o cenar, ni siquiera a qué hora te encontraras con tu amada bajo un árbol anónimo.

Los relojes sugieren que son casi las once, que es buena hora para comer, que necesitas un abrazo, que no llegas tarde a ningún sitio, sino que vives tu vida y tu momento.

En el rincón de mamá también hay relojes que no marcan horarios. Tenemos relojes que ralentizan el tiempo dentro y crean una burbuja que nos aísla de las prisas, compromisos y rutinas, haciendo que disfrutes de tu momento, de tus minutos u horas, pero siempre tú tiempo.

Al escribir este artículo son casi las once, después de publicarlo para siempre serás casi las once. Una hora, un día, un simple y largo instante inmortalizado en palabras, encapsulado en buenas intenciones.

Así es el rincón de mamá, suma de instantes, de vidas, de momentos, de ir y venir de amigos, de forasteros que se hacen familia, de familia que se ausenta de su entorno y nos envuelve, de personas…

Recuerda… en el rincón de mamá siempre son casi las once. Si nos visitas olvídate de las prisas, nuestros relojes te pertenecen.

Casi las once

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Reloj antiguo

De otras épocas

Lo confieso, soy un coleccionista incorregible de relojes. Desde bien pequeño mi padre tenía un viejo reloj de cadena, heredado de su padre, con el que me encandilaba los momentos que pasaba con él. Recuerdo que cuando gané mi primer sueldo, fui a una antigua joyería de París, para adquirir un modesto reloj para diario en aquel maravilloso 1957. Desde entonces mi colección fue creciendo, al igual que lo hacía mi carrera en el mundo de la moda y el lujo. No pretendo detener el tiempo con mi colección, simplemente me maravilla la precisión de la maquinaria y el acabado externo de los mismos. Cada reloj es único, su sonido, su latido, hasta una historia que contaros, no lo dudéis.

Sugerí a Marisa que incorporara a su tienda, un bello reloj que fabrica un gran amigo mío allá en la madre Francia. Es un reloj al estilo antiguo, con una maquinaria de excelente calidad, pero que trae el viejo París de 1957 hasta nuestro hogares. Todos sabemos que París va cambiando, al igual que lo hacen todas las ciudades, en unos casos ganan y en otros pierden encanto. Afortunadamente las autoridades parisinas saben mucho de turismo y la zona antigua es intocable. Por desgracia o por suerte los negocios cambian y la vieja relojería donde compré mi primer reloj,  es una boulangerie orientada el turismo, pero he decir personalmente que Cecile, su regenta es todo un encanto.

Reloj antiguo

Este pequeño reloj no es un guiño a tiempos pasados, es el recordatorio de otros tiempos, donde todo era nuevo y sorprendente. Me refiero a esa época en la que todos éramos más jóvenes y veíamos la vida de otra manera. Aunque yo ahora me sigo sorprendiendo hasta con mi ipad, estoy convencido que debemos guardar esos segundos de nuestra vida, como un soplo de viento en nuestras velas y seguir el día a día disfrutando de nuestro tiempo.

Si os pasáis por el rincón de mamá, no dejéis de ver este reloj de cerca. Podréis ver los detalles y el trabajo que lleva invertido. Un complemento o adorno para vuestro hogar, un objeto que os recuerda que vuestra vida corre. Aprovecharla.

À Bientôt – Mauro Bernard